Capítulo I

 

-Hace frío.

-Sí, ya empieza el invierno. Es muy crudo por estas tierras –dijo el labriego.

-No sabemos cómo agradecerte, Kíer, no pensábamos que la fortaleza quedase tan

alejada. Han cambiado las rutas, en menos de seis meses, por lo que veo.

-Bueno, os quedan dos días de viaje aún, y si me apuras, con ese niño, yo diría que tres.

-Yo ando rápido –interrumpió Rhiben.

Una mirada de Jake bastó para que callara.

-¡Muchacho, si corres tan deprisa como ardua tienes la lengua, no lo dudo! –Kíer le guiñó un ojo y le entregó un cuenco de caldo.

El niño se apresuró a llevárselo a la boca, pero Jake se lo apartó.

-¡Está bien, está bien! Gracias, buen hombre.

-Paciencia amigo Jake –dijo Nebur, mientras revisaba su espada.

-¡No confío en vosotros, y no me caéis bien! ¡No pienso ir a la fortaleza! –y levantándose de un salto, salió corriendo de la cabaña.

-Iré por él –Lovcranus se echó la capa, y salió.

-Rhiben, ven aquí.

-¡No quiero, te digo!

-Kíer quizá tenga el detalle de volver a calentarte la sopa, pero sería muy egoísta por tu parte. Piénsalo. Te esperamos dentro.

Rhiben permaneció inmóvil, sin girarse, asiendo con fuerza un diminuto colgante. Cerró los ojos, y en silencio, lloró.

-Cruel destino el de esa criatura. Que Odín lo guarde y proteja –musitó Kíer.

Nebur asintió.

-Quien lo haya hecho es un hijo de Sarix –afirmó Lovcranus.

-¿Cuántos serían? –se preguntó en voz alta Jake.

-No muchos, tampoco se entretuvieron. Robaron lo que les interesó, y dieron muerte a los padres. El niño volvería de algún lugar, seguramente, y se libró de aquel destino.

-Degollados… ¡Miserables!

No acababa de maldecir Lovcranus, cuando la puerta de la cabaña se abrió. Un joven, que parecía conocer a Kíer, se dirigió a él:

-Una mujer pregunta por ti. Viene del continente de Siad.

-¿Siad, dices? Pensaba que eso era una leyenda.

-Pues de él afirma que proviene- Kéran miró al suelo y se mordió los labios, antes de proseguir.

-¿Qué pasa, Kéran?

-Kíer … tiene los cabellos azules.

Durante unos segundos se hizo el silencio, que acabó roto por las carcajadas.

-¡Por las barbas de Odín, Kéran! ¡Hoy te levantaste borracho o bromista, jaja!

-¿Eso crees, Kíer? Sal afuera, y mira por ti mismo. Está hablando con un niño.

El silencio volvió a reinar en la morada del labriego.

-Yo quisiera ver eso –dijo Lovcranus, atusándose la barba.

Nebur y Jake imitaron a su compañero y se levantaron.

-Vayamos todos a ver. Pero podría ser un truco de Svarti, ese mal nacido –y tomó una daga.

-Lo dudo –opinó Nebur.

Kíer abrió la puerta y los demás le siguieron. En efecto, Kéran no había faltado a la verdad. Una mujer de cabellos azules se hallaba a escasa distancia, escuchando las explicaciones de Rhiben, que tenía los brazos en jarra, para darse importancia.

-No es el color de sus cabellos lo que más impresión me ha causado –dijo el líder en voz baja.

-¡Por Thor! ¡Una espada con empuñadura de metal precioso!

Aquello únicamente estaba al alcance de reyes y acaudalados.

-Es un regalo –la mujer inclinó levemente la cabeza en señal de saludo- Mi nombre es Taoteh.

-Yo soy Kíer, labriego. Él es Kéran, mi sobrino; ellos son Nebur, líder de la inigualable Alianza, y dos de sus compañeros y amigos, Jake y Lovcranus. A Rhiben ya le conoces.

Nos disponíamos a comer. Pasa, sé bienvenida, y siéntate con nosotros.

-Te estoy agradecida, y en deuda estoy contigo, son ya muchos días de viaje. ¿Queda lejos la fortaleza de Kraleb?

Los viajeros se miraron en silencio, mientras Rhiben observaba la cabellera azul sin el menor disimulo.

-¡Ay! ¿Por qué me tiras de la manga, Jake?

-Siempre escuché a mi padre hablar de Siad, cuando yo era niño. En dos días, alcanzarás Kraleb.

-¿Tu familia también tiene el pelo azul? –Rhiben se acercó más al asiento de la mujer, y Jake, cansado, se tapó la cara con las manos.

-Los nacidos en Siad tenemos el cabello de este color hasta la vejez.

-Taoteh es nombre de varón, sin embargo. Es curioso, permíteme el atrevimiento –dijo Jake.

-Es una larga historia –respondió, mientras observaba a Rhiben, que sorbía el caldo de un modo estrepitoso.

Por unos instantes, todas las miradas se fijaron en él.

-¿Qué he hecho yo ahora? Mira, Taoteh, sólo me regañan, ¡no es justo!

-Puede que tus modales tengan algo que ver.

-¡Sabía que te podrías de su parte!

Tras dar cuenta del asado que Kíer les había ofrecido, los viajeros se entregaron a una animada charla, mientras Rhiben curioseaba cada rincón de la cabaña.

-Con lo bien que se está aquí, y hay que ir a esa fortaleza –gruñó.

Kíer lo escuchaba en calidad de único testigo, ya que los demás se hallaban en el otro extremo de la cabaña.

-Nosotros nos dirigimos a Kraleb, si quieres, únete a nosotros –comentó Nebur a Taoteh.

-De acuerdo, ¿cuándo partireis?

-Mañana, en cuanto amanezca.

Kíer dispuso su casa para que los viajeros pudiesen descansar y reponer fuerzas. Sin embargo, no todos podían conciliar el sueño:

-Rhiben, ¿qué haces ahí fuera?

-Ah, eres tú, Taoteh. Pues poca cosa, mirando el cielo. No puedo dormir.

La mujer le dijo:

-¿Te cuento algo? Pero si lo hago, tú también has de corresponder, y contarme otra cosa.

-Bueno, está bien.

Taoteh miró al cielo y sonrió. A continuación dijo:

-Puedo percibir hechos pasados y algunas imágenes futuras, con tan sólo tocar la mano de una persona.

El niño la miró, atónito.

-¿Hacemos una prueba? –le preguntó.

-Adelante, a ver - el niño le tendió una palma.

La mujer tomó la diminuta mano de Rhiben y guardó silencio unos instantes.

Soltó con suavidad su mano, y le acarició la mejilla.

-Vaya, pequeño. Siento profundamente que hayas perdido a tus padres. Pero déjame decirte que se encuentran bien. Están sentados a la mesa de Odín.

El niño sonrió, aunque su mirada era lánguida.

-¿Por qué no ha dejado Odín que partiera con ellos, Taoteh?

-Bueno, posiblemente porque tienes antes una misión que cumplir aquí.

-Me siento muy solo. Ellos me encontraron, pero no sé qué pasará conmigo. Creo que vamos a la fortaleza para que me quede allí, con unos amigos suyos. Dicen que hay un niño con ellos.

-Ah, puede entonces que no esté del todo mal la idea. Considérate afortunado, y agradecido. Y deja todo en manos del destino.

-Eso haré.

El niño parecía un poco más animado.

-Ahora debo contarte yo algo, ¿verdad? A ver, deja que piense. ¡Sí, ya sé! Quiero entrar en el clan de Nebur. ¡Quiero ser parte de la Alianza!

-¡Eso está muy bien, Rhiben! Pero aún eres un niño. Debes esperar unos años, y comenzar entonces el aprendizaje del uso de la espada.

-¡No, yo quiero ya! –pataleó.

-Muchachito, creo que es hora de volverse a dormir. Y hasta que no dejes de ser tan caprichoso, dudo mucho que alcances la valía de los auténticos guerreros de Odín.

-Está bien, vamos. Oye, ¿y si mañana le pido a Jake que me deje algunas de sus runas? Todos llevan una bolsa repleta de ellas. Las usan cuando compiten en torneos.

Jake dice que antes de llegar a Kraleb pasaremos a visitar a un hombre que vende criaturas.

-¿Criaturas?

-Sí, Jake dice que se compran; luego éstas son absorbidas por las runas, y lo llevan todo en esas bolsitas que llevan atadas a los cinturones. ¿No te fijaste?

-Sí, cierto. ¿Sabes una cosa, Rhiben?

-¿El qué?

-Tengo la sensación de que no te marcharás de vacío, cuando visitemos a ese hombre.

-Ah. Pues Jake dice que es un auténtico personaje.

-No me cabe la menor duda de que lo será, si él lo dice.


 
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